Un puntapié para pensarse la seguridad digital desde el campo de lo popular
Escrito por Óscar Cruz, estudiante de Ingeniería Electrónica y Sistemas Automatizados en INACAP.

Hoy tenemos la certeza de que quien vive en la ciudad y lleva un smartphone está siendo vigilado durante todas las horas del día. ¿En qué sentido?, los teléfonos celulares poseen suficientes sensores para percibir dónde estamos, escucharnos, reconocer nuestros rostros, la telemetría de nuestras huellas, identificar lo que escribimos por WhatsApp, etc.
De ahí la importancia de reconocer hasta qué punto “estamos siendo vigilados” sin caer en la paranoia pero generando hábitos adecuados para asegurar no ser objeto de la mirada digitalizada del vigilante. Para comenzar vamos a permitirnos aclarar lo siguiente:
- La extracción de datos tiene dos fines: (a) en su lado más “benigno” crea perfiles de consumidor para ser vendidos como información a potenciales clientes y/o entender el comportamiento de algo o alguien para ayudarle, como en los casos hospitalarios y tecnologías médicas; (b) en su lado más “maligno” puede aislar información de personas que el Estado considere “problemáticas” y/o estudiar cómo las personas se mueven o actúan en situaciones de conflicto (véase, Palantir en Palestina) para ejercer estrategias de control de masas y guerra.
- Es importante saber quién tiene acceso a los datos, ya que, como sucedió tras el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, solo basta con una política represiva (no necesariamente necesita ser legal) para crear una situación de violencia a discreción contra disidentes del régimen de turno. A su vez, y de manera insidiosa, se instrumentaliza los datos para el desarrollo armamento o «tecnologías militares» (véase, caso de PokemonGO y preparación para armamento militar).
Dicho esto, estamos listos para entrar en materia. Mi objetivo con este artículo es concientizar respecto a lo lejos que están dispuestos a llegar las empresas privadas y el Estado para obtener tu información en todo momento.
¿Qué es la seguridad digital?
Seguridad, en un sentido amplio, la entendemos como aquello que tiende a establecer garantías de bienestar físico y/o emocional referente a un espacio o persona. Por otro lado, digital se refiere al manejo de equipos inteligentes capaces de almacenar datos, es decir, no nos estamos refiriendo a ese viejo microondas analógico, sino el último modelo de televisor que ahora viene con micrófono y sospechosamente tiene un chip que envía datos a inteligencia extranjera.
Por tanto, la seguridad digital hace referencia a las prácticas que buscan evitar exponer información y resguardar nuestros datos privados. Algunas de dichas prácticas son:
- Si quieres que algo sea secreto, no lo pongas en una computadora conectada a internet (eso incluye smartphones).
- Existen sistemas operativos, conexiones a redes y aplicaciones que pueden ayudarte dramáticamente a reducir la exposición de datos (como rechazar “cookies” de seguimiento y mensajes directos encriptados).
- Nunca asumas que las personas que reciben tus datos, las almacenan y las procesan tienen en sus intereses tu seguridad.
- Ignorar tu seguridad digital porque supuestamente “no tienes nada que ocultar” es ignorar la seguridad digital de otros.
¿Quién me está vigilando?
Hace un tiempo, un compañero compartió conmigo la siguiente frase: «el que nada sabe, nada teme», mientras me mostraba cómo se conectaba a una red wifi por fuerza bruta y accedía al control administrativo de una computadora, dándole capacidad de borrar y ver todo lo que tuviese adentro de manera remota.
Lo anterior no significa que tengas a un agente vigilándote 24 horas (a menos que estés “pinchado”), simplemente significa que, siempre y cuando estés entregando información que llegue a las bases de datos, puedes ser sujeto de investigación de alguna fuerza, sea policía o militar, traficantes de datos, etc. Si se ha invertido tanto en Inteligencias Artificiales en el mundo de la ciberseguridad es porque aislar “sujetos peligrosos” es más fácil cuando todos entregan constantemente su información.
Entonces, hablemos de El vigilante: en Chile es seguro asumir que la Policía de Investigaciones (PDI) es el principal actor local en este ámbito, en ese sentido, la pregunta es ¿qué trapos sucios posee el vigilante? Hagamos una lista breve:
- En agosto del 2026, Leoncio Fernando Oporto Duarte, ex subcomisario de la PDI, fue condenado por los delitos de asociación criminal y cohecho, recibiendo 2,2 millones de pesos por transmitir información de las órdenes de detención de un líder narco mediante su acceso al sistema BRAIN. A su vez, Claudio Rafael Solans Marchant, ex comisario, conocido como el “Tio Rafa”, manejaba una lista de precios que comenzaba desde $300.000 la consulta.
- Manuel Figueroa Vega, funcionario con 23 años al servicio en la PDI y protagonista del caso del “Clan Chen”, admitió haber realizado más de 30 consultas a los sistemas BRAIN, GEPOL y SIBI a cambio de pagos de $100.000 pesos por consulta.
- En marzo del 2025, siete detectives de la Brigada Investigadora de Robos (BICRIM) comercializaron cerca de 60 kilos de droga, operando bajo la apariencia de procedimientos policiales legítimos. Logrando incluso borrar las grabaciones de cámaras de seguridad donde se mostraba la droga siendo cargada en vehículos policiales.
- La “Operación Topógrafo” que destapó a un ex-jefe de inteligencia del Ejército y a un ex-ministro de la Corte de Apelaciones quienes se coordinaban para obtener autorizaciones judiciales de interceptación basadas en información falsa y así atacar a varios “objetivos”, entre los que se encontraba un periodista que investigaba corrupción militar.
¿Cómo cuidar y resguardar nuestra información?
No es un objetivo de este artículo crear un ambiente de paranoia (aunque, reconozco que es fácil caer en ello), es, más bien, propiciar reflexiones sobre la dimensión política de la tecnología; que podamos cuestionar, por ejemplo, por qué un proyecto militar de almacenamiento de datos, se presenta como beneficioso para nosotros. ¿Qué intención tiene un actor para crear tal tecnología? Y no es que estemos en contra absoluta del uso de datos, como lo mencioné anteriormente, tiene su uso útil como con las tecnologías hospitalarias, sin embargo, es fácil ver que quienes empujan estos proyectos no son médicos preocupados sino empresas de tecnología militar que, entre otras cosas, tienen lazos estrechos con proyectos neocoloniales en Estados Unidos e Israel, como el caso de Palantir. Solo basta ver su manifiesto para percatarse de que es la punta de lanza del proyecto político de figuras como Peter Thiel.
Es por ello que, desde el campo popular, debemos pensarnos la seguridad a partir de dimensiones materiales muy reales, por ejemplo, situaciones donde nuestras vidas han sido intervenidas mediante “endulzarnos el oído” y atravesar nuestros hábitos diarios:
- Todos usan WhatsApp, que pertenece a Facebook, que a su vez es de Mark Zuckerberg, quien tiene negociaciones directas con Palantir.
- Muchas personas ocupan Spotify, que pertenece a Daniel Ek, quien invierte en tecnología de defensa (nombre «bonito» del armamento de guerra moderno) y políticas de eliminar artistas pro-palestinos así como empujar a los prosionistas al centro de atención.
- Los servidores de Google, Yahoo, Microsoft, Facebook, Apple y otros vinculados a USA o la OTAN están directamente intervenidos por la National Security Agency (NSA), que es un cuerpo de inteligencia del Departamento de Defensa de los Estados Unidos.
Y es por ello que podemos iniciar por desarrollar prácticas básicas de seguridad como: a) determinar en qué momento es o no apropiado compartir algún tipo de información o tener cerca dispositivos con sensores, b) evitar tomar fotografías y videos de otras personas (especialmente rostros) y c) evitar compartir información delicada por escrito o nota de voz.
El mundo de la privacidad y seguridad es uno muy lucrativo y no todo lo que brilla es oro. Recuerda que tu información es importante y, realmente, no hay razón para que se esté extrayendo sin tu consentimiento.