Salud Popular para una Vida Digna

Aportes para conceptualizar la salud popular y problematizar lo que entendemos por popular, la relación ciencia-pueblo y la gestión comunitaria de la salud

Escrito por Camilo Arenas Medina, estudiante de licenciatura en Enfermería y ayudante de investigación Universidad Diego Portales.

Hay verdades que no se aprenden en las aulas de anatomía ni se leen en la letra fría de los libros de texto; se aprenden en el barro de las poblaciones, en la cocina a medianoche cuando el dolor no cede y en la mirada cansada de quien sabe que mañana hay que levantarse a trabajar, tenga o no el cuerpo roto.

Nos han enseñado a pensar la salud como una transacción: caer enfermo, tocar la puerta del consultorio, recibir una prestación y esperar el milagro. Se nos exige ser pacientes en el sentido más atroz de la palabra, esto es, cuerpos pasivos, receptores de un saber que muchas veces se produce lejos de nuestra experiencia cotidiana. Así, la salud termina reducida a ese paréntesis frágil en el que no nos duele nada y la atención sanitaria aparece como el lugar al que acudimos para reparar aquello que se ha roto. 

Somos conscientes de que la vida no cabe en un diagnóstico, la salud se construye y se destruye todos los días en las condiciones en que vivimos: en la dignidad de la vivienda, en lo que ponemos sobre la mesa, en el trabajo que realizamos, en las horas que podemos descansar, en nuestros vínculos, en el territorio que habitamos y en la posibilidad de decidir sobre nuestro propio futuro. El cuerpo enferma de manera individual, pero muchas de las condiciones que abren paso a la enfermedad son profundamente sociales, en ese sentido, hablar de salud nunca ha sido un acto neutral, ya que, definir cómo la  entendemos es también disputar el poder sobre la vida, es decidir qué dolores importan, qué problemas merecen ser atendidos, qué conocimientos consideramos válidos y quiénes tienen derecho a participar cuando se decide sobre nuestro bienestar. 

En esa disputa, a nuestro pueblo —a quienes construyen la ciudad, sostienen los cuidados, trabajan largas jornadas y habitan barrios tantas veces relegados a la escasez— se le ha reservado demasiadas veces el papel de espectador; se nos invita a ser beneficiarios, pacientes o usuarios y pocas veces se nos reconoce como sujetos capaces de producir conocimiento, tomar decisiones y transformar las condiciones que determinan nuestra salud. 

De ahí la necesidad de hablar de salud popular. Cuando adjetivamos la salud con la palabra popular nos referimos, entre otras cosas, a  los sujetos colectivos que constituyen lo popular y al lugar histórico que ocupan en la construcción de sus condiciones materiales de existencia. Paulo Freire, pedagogo y educador brasileño, nos enseñó que lo popular no consiste simplemente en reunir a muchas personas que comparten su condición de pobreza o desigualdad, en ese sentido, un colectivo puede organizarse y seguir reproduciendo relaciones de dominación. Lo popular adquiere fuerza transformadora cuando quienes han vivido situaciones de opresión, explotación y marginación se encuentran, dialogan, se reconocen y comienzan a organizarse para transformar su realidad. Los sectores populares no constituyen automáticamente un sujeto colectivo: ese sujeto también debe construirse. 

Esta distinción, por tanto, cambia la manera en que pensamos la salud, si quienes viven las consecuencias de la desigualdad son reducidos a beneficiarios de políticas públicas, usuarios de servicios o receptores de intervenciones profesionales, seguimos ubicándolos fuera de las decisiones fundamentales sobre su propia vida. Podemos hablar de participación y, al mismo tiempo, mantener intacta la relación de poder. 

Ahora bien, la salud popular parte de otra premisa: los sectores populares pueden constituirse en sujetos activos de la construcción de su salud y de las condiciones que la hacen posible. Esto significa comprender la salud como un proceso histórico, social y material. Las personas no se desarrollan en el vacío, viven en territorios específicos, trabajan bajo determinadas condiciones, habitan viviendas concretas, establecen relaciones sociales, enfrentan formas de desigualdad y participan —o son excluidas— de las decisiones que afectan sus vidas. Son sujetos históricos y las condiciones materiales en las que se desenvuelven tienen consecuencias concretas sobre sus cuerpos, sus vínculos y sus posibilidades de vivir dignamente. 

Desde esta perspectiva, muchas problemáticas sanitarias que aparecen como individuales son también expresiones de condiciones colectivamente producidas. La enfermedad puede manifestarse en un cuerpo particular, pero las condiciones que aumentan la posibilidad de enfermar pueden encontrarse en el trabajo precarizado, en la contaminación, en la falta de vivienda adecuada, en la inseguridad alimentaria, en la sobrecarga de cuidados o en la imposibilidad de acceder oportunamente a servicios de salud. Por eso, frente a problemas que son colectivamente producidos, necesitamos también capacidad colectiva para comprenderlos y transformarlos. Pero lo colectivo no debe confundirse con lo popular. Una comunidad puede organizarse alrededor de un problema común sin necesariamente cuestionar las relaciones que producen ese problema. Lo popular implica algo más, tiene relación con que quienes se encuentran históricamente subordinados puedan reconocerse como sujetos, producir saber, construir organización y disputar las condiciones materiales, sociales y políticas que determinan su existencia. 

En síntesis, entendemos la salud popular como un campo de conocimiento y praxis que interpreta la salud como un proceso histórico, social y material, en el que los sectores populares no son únicamente sujetos de cuidado, atención o intervención, sino actores en la producción de conocimiento, en la organización colectiva y en la construcción y transformación de las condiciones que determinan su salud y bienestar. Su carácter popular no está dado simplemente porque ocurra en un barrio, porque involucre a una comunidad o porque reúna a muchas personas, sino por el lugar que ocupan los sujetos en relaciones históricas de opresión, explotación y subordinación, y por su capacidad de constituirse colectivamente para disputar esas relaciones. 

Lo anterior no significa que el Estado desaparezca -por arte de magia- de la ecuación. En momentos donde las comunidades no pueden garantizar que existan las condiciones para tener una vida digna, la relación con el Estado deberá ser de disputa y exigencia. Hay que demandar del Estado la financiación, sostenimiento y garantía de servicios sanitarios accesibles, oportunos y de calidad. En las condiciones actuales, la organización popular no puede convertirse en una excusa para trasladar a las comunidades la responsabilidad de sostener un sistema de salud. Sin embargo, esto no quiere decir que quienes habitamos los territorios no podamos participar en la definición de las prioridades sanitarias, ejercer control sobre las instituciones y disputar las condiciones sociales que determinan nuestras vidas.

Por otro lado, reconocemos que tampoco se trata de romantizar lo popular ni de enfrentar el saber de los territorios con el conocimiento científico. La ciencia es una herramienta fundamental para comprender y proteger la vida, y la salud popular no tiene nada que ganar negándola. Lo que cuestionamos es que el conocimiento especializado se convierta en un monopolio de autoridad donde solo algunos puedan definir qué problemas importan, qué preguntas deben hacerse y qué soluciones son posibles. Queremos que la ciencia pueda encontrarse con los saberes construidos en los territorios. No porque todos los conocimientos sean iguales ni porque toda afirmación tenga el mismo valor, sino porque la experiencia de quienes viven una realidad también importa para comprenderla y transformarla. No se trata de elegir entre ciencia y pueblo, sino de poner el conocimiento al servicio de la vida. 

Por lo tanto, la salud popular no es el pueblo reemplazando al hospital, ni la comunidad sustituyendo a la enfermera. Es transformar la relación entre quienes garantizan, quienes conocen y quienes viven la salud. Es dejar de mirar al sector popular como un objeto de intervención y reconocerlo como un sujeto capaz de construir, organizarse y disputar. Porque disputar la salud no significa solamente pedir más horas médicas, mejores medicamentos o nuevos hospitales. Significa también disputar el derecho a descansar, a alimentarse dignamente, a tener una vivienda segura, a cuidar y ser cuidados, a envejecer sin miedo y a criar infancias que no carguen sobre sus cuerpos las consecuencias de la desigualdad. Significa recuperar algo que muchas veces olvidamos cuando hablamos de políticas sanitarias: que el propósito de la salud no es simplemente evitar la enfermedad, sino hacer posible una vida que merezca ser vivida. 

Por eso hablamos de salud popular; no como una negación de la ciencia, no como una romantización de la pobreza ni como una nueva forma de administrar la precariedad. Hablamos de una salud construida colectivamente por sectores populares capaces de reconocerse como sujetos, producir conocimiento, organizarse y disputar las condiciones materiales, sociales y políticas que determinan sus vidas. Ese es nuestro horizonte, que la salud deje de ser una limosna que se entrega desde arriba y se convierta en aquello que somos capaces de construir cuando nos organizamos.

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