Reflexiones de un militante del Movimiento Solidario Vida Digna (San Joaquín) sobre el estar organizadx en un movimiento popular de masas

Desde hace algún tiempo he venido reflexionando sobre lo que implica organizarse y militar en un movimiento social. Parto por reconocer que soy un militante que se construye día a día: un aprendiz de su historia, del contexto y de lxs que lx rodean, en ese sentido esto es, también, una apertura a la crítica y la autocrítica. Sin embargo, es preciso reconocer que, en ocasiones, me he sentido cansado y abrumado por ciertas formas de entender “el estar organizadx” que en buena parte se han enarbolado desde una pretendida ética libertaria (más liberal que anarquista), donde la libertad se aleja de la responsabilidad colectiva, la horizontalidad se desentiende del compromiso y la prefiguración de un mundo otro se da sin un genuino encuentro con la realidad material y subjetiva del mundo popular.
Hay en estos discursos y formas de entender la acción política cierta tendencia al principismo que desdibujan las inevitables contradicciones de nuestro tiempo y contexto para hacernos creer que el “individuo libre y feliz” es posible solo al margen de la sociedad y, en ese sentido, que la revolución es mostrarle a lxs demás cómo debiera ser un mundo mejor. No hay un interés o, por lo menos, una intención real para generar las condiciones de poder y organización necesarias que nos lleven a la auténtica redención de nuestra clase por sí misma y a la creación de un mundo acorde a nuestros anhelos de vida digna para todas y todos. Por eso, no creo que debamos sentirnos avergonzados o amilanarnos por creer que esta última alternativa es más justa con los dolores y violencias históricas que se han impuesto generalizadamente sobre nuestra gente, sobre los bienes comunes de la naturaleza, sobre las vidas explotadas de cualquier especie. Lejos de cualquier prepotencia, quiero decir que la verdad aquí es que está en juego la vida y su reproducción, en esa medida, no es una opción para quienes nos reconocemos como militantes y revolucionarixs dudar de nuestras convicciones.
Ahora bien, aquí el tema es que hemos acumulado tantas derrotas que se nos ocultó el horizonte; la revolución se volvió un sueño inalcanzable y un tabú para muchos sectores, nuestro anhelo más grande se volvió hacer vivible la miseria y sobrevivir sin incomodar o incomodarnos. Las múltiples opresiones de las que somos sufrientes se hallan en esta misma pérdida de sentido y significado, producto de esa batalla ideológica o cultural, como la han apropiado los teóricos de la ultraderecha internacional, que hemos ido perdiendo indudablemente como sectores en lucha. La discriminación y demás formas de exclusión y opresión no son consecuencias aisladas del sistema de dominación capitalista y patriarcal, por el contrario, lo alimentan y lo sostienen, en esa medida la consigna debe ser: si juntxs nos oprimen, juntxs debemos luchar, pero la excesiva individualización se ha impuesto sutilmente como una respuesta condescendiente y cómoda a la abrumante cotidianidad de la explotación. La oda al mundo individual, como centro de todo, es una consecuencia natural del neoliberalismo y la autocompasión sin autocrítica es el producto de la sobreexposición a nuevas formas de consumo cada vez más personalizadas.
Con lo anterior no quiero negar lo importante que es poder reconocer nuestros límites: está bien querer tranquilidad, está bien sentirse cansadx, está bien no querer lidiar con el mundo, pero qué tanto de ese individuo tan ensimismado se vuelve demasiado autocomplaciente e incapaz de ver el mundo en su profundidad, porque el mundo personal es siempre lo más importante.
Mucho también se ha dicho sobre que las formas militantes “más duras” desconocen las realidades diversas de las personas, que se obvian sus dolores, angustias y condiciones, pero acaso quienes militamos no somos también sujetos de dicha contemplación y valoración, no somos sujetos de dolores, ausencias, angustias y condiciones concretas que definen nuestro lugar y formas de situarnos, ¿por qué es una interpelación para nosotrxs y no un cuestionamiento colectivo y amplio? Aquí no se trata de negar las condiciones que nos atraviesan (pero que no nos determinan), lo que problematizamos es la instrumentalización de algunos discursos por los cuales se pretende amparar el descuido y la falta de compromiso con los proyectos colectivos. El ritmo de la transformación lo pone el pueblo, no solo nosotrxs como parte organizada de este, pero como dinamizadorxs tenemos la tarea irrenunciable de poner todo de nosotrxs para desencadenar las fuerzas necesarias que como pueblo organizado nos lleven a crear y realizar el mañana, porque el mañana no espera para las grandes mayorías.
Por otro lado, “no encajar”, resistir y defender otras formas de situarse en el mundo desde la disidencia de sexo-género, desde la neurodivergencia o la discapacidad es indispensable para potenciar el horizonte de transformación. Todxs sin distinción somos esenciales en la lucha de clases, pero la ghettisación y liberalización ha sido el rumbo tomado por muchxs, a pesar de que quienes iniciaron estos movimientos lo asumieron militantemente como lo hicieron lxs obreros, las mujeres, las comunidades negras e indígenas, porque era un asunto de vida o muerte posicionar su existencia y olvidamos que aún para todxs lo sigue siendo, y que todxs lxs que lucharon antes que nosotrxs fueron la semilla de lo que somos ahora.
Y es en este punto que quisiera detenerme y situarme, para decir porque creo en lo que creo: aprendí a luchar de la mano de pueblos y comunidades de los lugares más remotos, pueblos con las carencias materiales más amplias pero con la dignidad tan grande como sus anhelos, allí me enseñaron la constancia, la valentía y el rigor cotidiano, me enseñaron a creer que en medio de las condiciones más adversas, el proyecto de la vida digna no se detenía, que el amor al territorio y su defensa lo era todo, sin territorio no había posibilidad para la vida, en esa medida, que se estaba dispuesto a morir porque lo que se podía perder era mucho más grande, me enseñaron también que había una máxima fundamental para quien pretendiera liderar: hacer más y figurar menos y que el amor era eficaz cuando transformaba la realidad de la gente, la nuestra, en ese sentido, que la revolución era el mayor acto de amor. Me enseñaron también la mística, esa que nace de ver en otrxs lo que crees, lo que sientes, donde surge la complicidad de que aquí estamos lxs que somos y que somos todxs o ningunx, mística que también es fuego en la memoria y en el corazón que ayuda a vivir y aguantar en medio de tanto dolor, tantas derrotas y tanta muerte.
Algunas reflexiones finales
- Las organizaciones deben ser seguras. Pero no se puede confundir seguridad con comodidad, en un mundo en transformación dejarse afectar e incomodar es necesario para avanzar.
- Los vínculos son importantes, el compañerismo, la solidaridad y la confianza son esenciales para sostener una organización, no así el amiguismo o la cómoda afinidad.
- Lxs militantes de intención transformadora son esencialmente un sujeto colectivo e histórico, situado en su tiempo y contexto con un compromiso irreductible consigo mismo y lxs demás.
- Se es militante dentro y fuera de los espacios organizativos, porque es en la cotidianidad de la vida donde se experimentan las carencias y opresiones, donde se tejen las redes populares-comunitarias que serán semillas de poder popular y donde se encuentra el potencial creador del pueblo.
- Todxs iniciamos en este mundo de la organización y la política sin saber muchas cosas, siempre con más inquietudes que certezas, con mayor o menor formación política, con o sin tradición familiar, todxs nos fuimos convenciendo más de una cosa o de la otra. En nuestros afanes juveniles fuimos más ingenuxs e incluso pecamos de soberbia, creyendo que nos las sabíamos todas, por nuestro pretendido y renovado pensar histórico, menospreciamos la experiencia como forma de reafirmar nuestro ímpetu transformador, nos creímos lxs más críticxs y cuestionadorxs, fuimos tercxs y aún lo somos, en alguna medida, pero reflexionando los años, pocas cosas permanecen y las certezas vitales las encontramos en las cosas que hemos hecho y que dan forma a nuestro proyecto de vida militante, porque como diría un compañero que fue asesinado por su compromiso: “al final no nos preguntarán qué hemos sabido, sino qué hemos hecho”.